A 30 cm del suelo

Hay un lugar en el que la escultura deja de pertenecer completamente a la tierra.
No está suspendida en el vacío absoluto ni permanece anclada al suelo. Habita un territorio intermedio, apenas unos centímetros por encima de aquello que la sostiene. Treinta centímetros pueden parecer una distancia insignificante, pero en la obra de Ramón Cerezo se convierten en un umbral.

A 30 cm del suelo nace precisamente de esa distancia.
Más que una medida física, esos treinta centímetros constituyen un espacio mental. Un lugar de tránsito donde el peso comienza a perder su evidencia, donde la materia parece cuestionar la ley de la gravedad y donde aquello que debería caer permanece, sin embargo, en una situación de inestabilidad contenida.

Cerezo ha construido buena parte de su trayectoria alrededor de una preocupación esencial: hacer visible aquello que normalmente permanece oculto en la estructura de las cosas. El vacío, la tensión, el equilibrio, la energía interna de la materia. En sus trabajos anteriores, esa investigación se manifestó a través de estructuras de gran presencia, de cuerpos compactos y expansivos y de una confrontación directa con materiales capaces de expresar resistencia y fuerza. Perfectos llevó esa investigación hacia una dimensión más íntima, donde madera, arpillera, color y estructura establecían un diálogo entre impulso y contención. El propio catálogo de Perfectos señalaba esa continuidad entre estructura y exploración interior.

Ahora la relación con la gravedad cambia.
La escultura ya no necesita imponerse mediante su masa. Puede hacerlo mediante una suspensión mínima, mediante un hilo, una cuerda, una cadena, una piedra o un fragmento de materia que parece encontrarse en el límite entre permanecer y desprenderse.
Es ahí donde aparece uno de los aspectos más interesantes de esta nueva etapa: la contradicción entre la apariencia de fragilidad y la realidad de la tensión.
Las piedras introducen el peso. Las cuerdas lo contienen. Las cadenas lo transmiten. La madera aporta estructura. Los hilos de hierro oxidado expanden el dibujo de la pieza hacia el espacio. La arpillera, con sus superficies erosionadas y su presencia cromática, introduce una dimensión corporal y temporal. Ninguno de estos elementos funciona únicamente como material. Cada uno participa en una relación de fuerzas.

La piedra pesa.
La cuerda sostiene.
La cadena une.
El hilo se expande.
La madera resiste.
Y entre todos ellos aparece el vacío.
Pero ese vacío no es ausencia. Es, precisamente,
el espacio donde sucede la escultura.

En A 30 cm del suelo, Cerezo parece interesarse cada vez menos por construir objetos cerrados y más por construir relaciones. La obra no termina en sus límites materiales. Se prolonga hacia aquello que la rodea, hacia el suelo que no llega a tocar, hacia el aire que atraviesa sus estructuras y hacia las tensiones invisibles que mantienen cada elemento en su posición.

Por eso algunas de estas piezas parecen encontrarse en un estado de transformación permanente. No son formas completamente resueltas, sino formas detenidas durante un proceso.

El título Umbrales, entre el cielo y la tierra resulta especialmente revelador. Entre ambos extremos existe un territorio que no pertenece del todo a ninguno de ellos. La escultura ocupa precisamente ese lugar: ni completamente terrestre ni verdaderamente aérea. Su identidad surge de permanecer en medio.

Algo parecido sucede con Con piedras, entre el peso y la ingravidez. La contradicción no es un recurso literario añadido posteriormente a la obra; está inscrita en su propia constitución. La piedra introduce la certeza de la gravedad y, al mismo tiempo, la estructura escultórica consigue que esa certeza quede suspendida, temporalmente negada y, al mismo tiempo, la estructura escultórica consigue que esa certeza quede suspendida, temporalmente negada.

En otras piezas, las cuerdas y las cadenas adquieren una dimensión casi corporal. Son elementos de unión, pero también de dependencia. Sujetan y, al mismo tiempo, parecen permitir la liberación. Entre cuerdas y cadenas se liberan de sus ataduras condensa esa paradoja: aquello que ata puede ser también aquello que hace posible el movimiento.

Esta tensión entre sometimiento y liberación atraviesa buena parte de la nueva serie.
Y quizá ahí se encuentra uno de sus rasgos más personales.
Porque Cerezo no busca una escultura que simplemente represente el conflicto: construye el conflicto dentro de la propia materia.

La obra está sometida a fuerzas reales. Tiene que mantenerse. Tiene que resistir. Tiene que encontrar su equilibrio. La tensión no es una metáfora añadida: es una condición física de existencia.

De este modo, el espacio de treinta centímetros se convierte también en una imagen de la propia experiencia humana. Estar suspendido no significa estar libre de la gravedad. Significa encontrar una forma provisional de convivir con ella.

La escultura permanece.
Pero permanece porque algo tira de ella.
Porque algo la sostiene.
Porque algo la ata.
Porque algo resiste.

Y porque, entre todas esas fuerzas, existe un margen suficiente para que aparezca la libertad.

En esta nueva etapa, el hierro oxidado, las cuerdas, las cadenas, la madera y las piedras no forman únicamente una gramática material. Construyen una especie de cartografía de fuerzas. El espacio se vuelve parte de la obra y el vacío adquiere una presencia casi tangible.

Esto permite relacionar A 30 cm del suelo con una preocupación que recorre toda la trayectoria de Cerezo: la necesidad de hacer visible aquello que sostiene la forma. En Perfectos, esa tensión aparecía en el interior y en la expansión de las estructuras; ahora se desplaza hacia el espacio que existe entre la obra y la tierra.

El cambio es sutil, pero importante.
Antes la estructura quería conquistar el espacio. Ahora parece negociar con él.
La escultura ya no necesita ocuparlo todo. Puede dejar zonas de silencio, permitir que el aire atraviese la materia, aceptar el vacío como una parte activa de la composición.
Y es precisamente en ese vacío donde estas obras adquieren una dimensión más abierta.

No sabemos si están cayendo o elevándose.
No sabemos si están retenidas o liberándose.
No sabemos si las piedras pertenecen a la tierra o si han sido arrancadas de ella para entrar en otro estado.
Esa incertidumbre no debe resolverse.
Es el lugar desde el que la obra comienza a hablar.

A 30 cms. del suelo es, en definitiva, una investigación sobre el instante anterior al contacto. Sobre ese pequeño intervalo en el que algo todavía no ha caído, pero tampoco puede permanecer indefinidamente suspendido.
Treinta centímetros.
Una distancia mínima.

Un espacio aparentemente insignificante.
Y, sin embargo, suficiente para transformar la relación entre la materia, el cuerpo y el vacío.

En ese pequeño margen Ramón Cerezo encuentra un territorio escultórico nuevo: un espacio de tensión, resistencia, memoria y posibilidad.
Un lugar donde la materia parece preguntarse cuánto pesa.
Y donde la escultura, por un instante, consigue responderle:
lo suficiente para no caer; lo suficiente para intentar elevarse.